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Cuando Toca Ordenar la Estantería. El duelo en la mediana edad

Hay un momento, en la mediana edad, en que algo cambia. No siempre hay un motivo claro, ni una crisis visible. Pero algo pesa de otra manera, y a veces no sabemos bien por qué.

Mucho de lo que trae a las personas a terapia en esta etapa tiene que ver con pérdidas que nadie nombra. Pérdidas sin esquela, sin funeral, sin permiso social para sentirlas. La persona que éramos. El cuerpo que conocíamos. Los hijos pequeños que ya no lo son. El amor que se transformó, o que hubo que soltar. Los caminos no tomados, y también los que sí tomamos y nos moldearon de maneras que no esperábamos.

Son pérdidas reales y merecen ser sentidas. Cada historia es distinta, pero si alguna te toca, probablemente sepas de qué hablo.

Honrar no es quedarse atrapado

A menudo invito a mis clientes a imaginar su mundo interior como una biblioteca, donde cada experiencia significativa tiene su lugar como un libro en una estantería, con el lomo hacia afuera y el título legible.

Cuando hemos podido hacer el duelo, la biblioteca está ordenada. Puedes recorrer los pasillos con calma, tomar un libro y sentarte con él un rato. Puede despertar sentimientos, claro. Pero puedes leerlo, devolverlo a su sitio y seguir tu paseo.

Cuando no hemos podido sentir la pérdida, la biblioteca está en desorden. Los libros se caen sin avisar y exigen atención en momentos que tú no elegiste. Algunos apenas puedes abrirlos sin que duela. Otros los has empujado al estante más alto, fuera de tu alcance, y así esas partes de ti se vuelven inaccesibles también.

Muchas personas creen que reconocer la pérdida es aferrarse al pasado. Lo que veo una y otra vez es justo lo contrario: es al evitar sentirla cuando nos quedamos atrapados en ella. Honrar lo que fue, o la persona que fuimos, no significa idealizarlo ni querer volver. Significa ponerlo en su sitio, darle su estante. Solo entonces la biblioteca se puede ordenar.

Un punto de partida, no de llegada

Este trabajo no es solo mirar lo que se ha perdido, sino también reconocer lo que se ha construido. La persona que esos caminos crearon, con sus decisiones, sus cicatrices y su historia, tiene valor y tiene consistencia.

Cuando ya no necesitamos que el pasado hubiera sido distinto para estar bien con quienes somos ahora, algo se libera. Y desde ahí surge una pregunta que quizás no habías podido hacerte con verdadera curiosidad. ¿Quién quiero ser ahora? ¿Qué importa de aquí en adelante?

Ese es el trabajo que hago en terapia de duelo: acompañarte a ordenar tu biblioteca, a sentarte con los libros difíciles y a encontrar desde ahí el espacio para elegir de nuevo.

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