Vivimos en una época donde:
- dormir poco se considera compromiso,
- estar ocupad@ es motivo de orgullo,
- responder mensajes inmediatamente parece una obligación o,
- experimentar malestar emocional se ha vuelto tan frecuente que muchas personas han dejado de preguntarse por qué lo sienten.
Pero ¿Y si estas cosas que consideramos ‘normal’ fuera precisamente una de las causas de nuestro malestar?
En su obra El Mito de la Normalidad el Dr. G. Maté señala que el deterioro de la salud se debe, en gran medida, al desarrollo de una cultura que normaliza el estrés crónico, la desconexión emocional y el agotamiento. Todo ello, como respuesta a un proceso en el que las personas, a lo largo de su vida, aprendieron a adaptarse para ser aceptadas (por ejemplo: a callar lo que sentían, a ocultar sus verdaderas necesidades o, incluso, dejar de ser auténticas para no perder el amor o la aprobación de los demás).
En consonancia con estas ideas, desde la Psicoterapia Humanista Integrativa entendemos que el síntoma no constituye el problema, sino una expresión creativa —aunque muchas veces dolorosa— del esfuerzo que la persona realizó para adaptarse a circunstancias que, en algún momento de su existencia, excedieron sus recursos disponibles.
Sin embargo, reducir la cultura únicamente a aquello que nos enferma sería incompleto. Los mismos contextos sociales que pueden favorecer el sufrimiento también pueden convertirse en escenarios de encuentro, solidaridad y esperanza. Un ejemplo de ello, ha sido el Mundial de la FIFA 2026 que nos ha mostrado algo más que un tradicional torneo cuatrienal: detrás del movimiento de millones de personas reunidas para apoyar a sus selecciones, cantar sus himnos y compartir emociones, se esconde un mensaje profundamente humano: Nuestra necesidad de pertenecer.
Y es que los seres humanos no estamos hechos para vivir aislados. Necesitamos sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos, para vernos desde otra perspectiva, encontrarle sentido a la vida y darnos la maravillosa oportunidad de dar y recibir, de amar y de ser amados.
A este punto, te invito a revisar:
- ¿Dónde encuentras hoy tu sentido de comunidad?
- ¿Quiénes son las personas con las que puedes compartir tus tristezas y alegrías?
La salud física y mental no solo se construye dentro de nosotros, también florece en las relaciones, los vínculos y las comunidades que cultivamos.
Estas últimas semanas, como venezolano, he visto algo que me recordó una de las enseñanzas más profundas de este libro:
Que incluso en medio del dolor seguimos siendo capaces de abrazarnos, de sostenernos, de mantener la esperanza…
Y esa, quizá, sea una de las formas más entrañables de reconstrucción humana.
En conclusión, podríamos decir que: No todo sufrimiento es una falla personal, a veces es la respuesta humana a condiciones que nunca debieron ser normales; en el contexto de una cultura que “puede ser saludable o tóxica, edificante o destructiva” (Harman, s.f).
Tal vez hoy puedas hacer una pausa, para:
- Escucharte más.
- Ser amable contigo.
- Y pedir la ayuda que necesitas.
Porque sanar, entre otras cosas, tiene que ver con: volver a ti para mirarte, darte el permiso de apoyarte en quienes hoy desean sostenerte y dejar de adaptarte a lo que te hace daño.
Si llegaste hasta el final de este artículo, gracias por regalarte unos minutos para reflexionar.
Ojalá estas líneas no solo te hayan acercado al pensamiento de Gabor Maté, sino que también te hayan invitado a mirar tu propia historia con un poco más de curiosidad y compasión.
Con la conciencia de que los seres humanos no somos “un problema” que necesita ser corregido, sino personas cuyas historias merecen ser escuchadas, comprendidas y acogidas.
Comprender nuestra historia no cambia el pasado, pero sí puede transformar profundamente la manera en que habitamos el presente.
Y tal vez ahí comienza el camino hacia la sanación, la autonomía y la libertad interior.

