Ya sabemos lo importantes que son nuestras relaciones cercanas para nuestra calidad de vida. Numerosos estudios han concluido que el nivel de bienestar que experimentan las personas está directamente influenciado por la satisfacción que reciben de sus relaciones con sus seres queridos.
Pero cuando nos vinculamos, cada uno de nosotros puede experimentar ciertos comportamientos, emociones y pensamientos de los que no somos conscientes o que no comprendemos bien.
¿Te parece que estás dando vueltas en el mismo círculo?
¿Has llegado a la conclusión de que todas tus parejas se han comportado contigo aproximadamente de la misma manera? ¡Probablemente no te equivoques!
En la infancia, vivimos experiencias que influyen mucho la manera de vincularnos como adultos.
Recuerdo el caso de una mujer cuyo padre, durante su infancia, solía sentirse infeliz, sobrecargado de responsabilidades e indisponible a jugar o hablar con su hija. La niña desarrolló la tendencia a cuidarlo. Ella intentaba, cada día, hacerlo feliz, no causar problemas, no ser demasiado ruidosa, no pedir nada.
Era muy ingeniosa e inteligente, y los únicos momentos en que su padre parecía estar feliz era cuando ella obtenía excelentes resultados en la escuela o en concursos de lengua francesa.
¿Cómo influyen estas experiencias en nuestras relaciones de pareja?
Te invito a imaginar a la niña de la que te hablaba. Ella, inteligente y cariñosa, sin duda también necesitaba que la vieran, la cuidaran, la animaran, la ayudaran a conectar con lo que le gustaba, con lo que no, con su propia creatividad o vulnerabilidad. Pero ese papel de niña perfecta, que no decepciona, no molesta ni exige, era su capa de superhéroe. Era el papel que aseguraba su pertenencia, en su imaginación de niña.
Por lo tanto, ¿qué suele hacer cuando entra en una relación de pareja? ¡Exactamente! Lo mismo. Ayuda, cuida, salva, anula sus necesidades. ¿Qué hará la pareja? Usualmente, algo para mantener este tipo de baile entre dos. Por ejemplo, podría no asumir ciertas responsabilidades. Podría esperar que ella mantuviera emocionalmente la relación, podría parecer o actuar indisponible o evasivo. Es una dinámica posible, no la única ni obligatoria, por supuesto.
Lo importante es darnos cuenta cómo cada uno escribió este capítulo sobre sí mismo.
¿De que manera, en la infancia, concluimos que era seguro actuar en las relaciones importantes? ¿Involucrándonos al máximo o, por el contrario, manteniendo una mayor distancia? ¿Entendimos que estaba bien mostrarnos tal como somos o no? ¿Nos sentíamos seguros estar presentes con todo lo que significaba esto o nos ”escondiamos tras una capa”?
Es clave entender cómo solemos abordar la intimidad y el riesgo que conlleva: la vulnerabilidad.
Estar consciente del guion de vida, de los roles que asumimos y de las emociones que no se han expresado es el primer paso para reescribirlo.
Cada uno de nosotros tiene la capacidad de moldear su forma de entrar y estar en relaciones, en acuerdo consigo mismo, desde la honestidad y coherencia interna.
Sí, podemos gestionar, transformar o dejar ir aquellas formas automáticas de actuar que nos traen dolor. Además, contamos con los recursos necesarios, y el proceso terapéutico es una forma sana y segura de hacerlo.
Siempre que sientas ganas de poner atención en esta dirección, está bien.

